Ha muerto el dramaturgo Harold Pinter

El dramaturgo, poeta, guionista y activista político Harold Pinter murió el pasado miércoles 24 a los 78 años de edad, víctima de un cáncer, según hizo saber ayer su esposa Antonia Fraser al periódico The Guardian. Pinter escribió poesía, guiones de películas, guiones para la radio, prosa de ficción e incluso hizo de actor, pero debe su fama sobre todo a las obras de teatro que firmó, entre las cuáles The Room (1957), The Birthday Party (1957), The Homecoming (1964) o Betrayal (1978) son tal vez algunas de las más conocidas.

A lo largo de su carrera, Harold Pinter recibió numerosos premios. La nominación como Comandante de la Orden del Imperio Británico en 1966, el premio Laurence Olivier en 1996, el Premio Fiesole ai Maestri del Cinema en 2001 y un largo etcétera. Uno de los más destacados fue el Nobel, en 2005. No pudo recogerlo por lo precario de su estado de salud, pero no desaprovechó la ocasión de hacer oír su voz desde tan prestigiosa tribuna. En su discurso de aceptación, que grabó en vídeo ante la imposibilidad de hacer acto de presencia, empezó hablando de la verdad en el arte dramático (en relación con la génesis de nuevas creaciones) para acabar estableciendo un vínculo con el plano político –«Como ciudadano he de preguntar: ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?»–, algo que le lleva a realizar una condena frontal de la guerra de Irak y una dura crítica a los gobiernos que encabezaron George Bush y Tony Blair.

Tituló el ensayo con un elocuente Art, Truth & Politics (Arte, Verdad y Política) dejando claro tres vocaciones de esencial importancia para su autor: la de creador, la del rigor y la del activismo político. El mejor ejemplo, una obra que sintetiza de qué modo confluyen estas tres aspiraciones en Pinter: en 2003, publicó un compendio de poemas antibelicistas, que llevó por título War (Guerra), coincidiendo con las turbulencias que presagiaban la guerra de Irak y con las primeras manifestaciones efectivas de violencia.

La concesión del que tal vez sea el premio más prestigioso del mundo en el campo de la lieratura, el Nobel, se produjo cuatro años después de que le fuera diagnosticada la enfermedad contra la que Pinter estuvo luchando sus últimos siete años. El cáncer no le detuvo, y de hecho entre el 2001 y el 2008 su producción es considerable. En palabras del crítico de teatro Marcos Ordóñez, «erraron los médicos en 2001, al diagnosticarle un cáncer de esófago en fase terminal. Desde entonces hasta su muerte desarrolló una actividad sobrehumana, como escritor, director de escena, guionista (…), activista político (empeñado en lograr la condena de Tony Blair como criminal de guerra) y también actor.»

A menudo se dice de su obra que cabe enmarcarla en el llamado teatro del absurdo. Hay quién se apresura a destacar las características que lo vinculan a los jóvenes airados, el grupo de intelectuales británicos que a mediados del siglo XX quiso expresar, a través de sus creaciones en distintos campos de la cultura, la decepción que les causaba la sociedad en la que les había tocado vivir. Otros, como el propio Ordóñez, prefieren decir simplemente que «su teatro es un concentrado extremo de realidad» y reniegan de etiquetas como absurdo o simbólico. En lo que casi todo el mundo coincide es en destacar a Pinter como uno de los dramaturgos más importantes de la segunda mitad del siglo XX; sin duda, es uno de los más laureados.

En el comunicado que Antonia Fraser remitió al diario británico The Guardian, la segunda esposa de Harold Pinter declaró que había sido «un privilegio vivir con él durante 33 años» y se mostró convencida de que «nunca será olvidado». Probablemente, muchos de sus lectores o espectadores hayan tenido el mismo convenicmiento al conocer la noticia.

Referencias


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