El “yo”, según Henry Miller

libros decada 50

A todos nos gusta, a veces, el marrano de Henry Miller y esa prosa desnuda, indecorosa, y tan inclinada a hacer el amor ante los ojos ruborizados del lector. Nunca hubo escritor tan ajetreado, sexualmente hablando, que tomara sin despenairse todas las palabras del diccionario sexual para construir su prosa.

Trópico de Capricornio, ambientada en un Nueva York sin magia, aburrido, y decadente sobre el que vuela la promesa de París y Europa, pues es allí donde los escritores se forjan, es, quizás, el mejor de todos sus libros, los demás, a veces, se vuelven un sueño indescifrable.

No hablo de novelas porque Miller atendía a la máxima de Ralph Waldo Emerson, ésa que reza así:

“Estas novelas darán paso, con el tiempo, a diarios o autobiografías: libros cautivadores, siempre y cuando, sus autores sepan escoger de entre lo que llaman sus experiencias y reproducir la verdad fielmente”

Pero, más bien, simplemente, Miller carecía de imaginación, y era un hacendado del egocentrismo, y ahí quería levantar toda su obra literaria.

En esta obra, publicada en 1939, se narra toda la peripecia de Miller para encontrar trabajo y encontrarlo. Después despelleja América con sus verdades, y susurra palabras de aliento, desde su tumba, para todo aquel que desee ser escritor:

“Era mi primer libro y estaba enamorado de él. Si hubiera tenido dinero, como Gide, lo hubiera publicado a mis expensas. Si hubiese tenido tanto valor como Whitman, habría ido vendiéndolo de puerta en puerta. Que el libro fuera inadecuado, defectuoso, malo, espantoso, como decían, era más que natural. Estaba intentando al principio lo que un genio no había emprendido hasta el final”.


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