El Quijote en el mundo: su lenta llegada a China

Este post lo debería de haber abierto un vídeo de unos jóvenes chinos leyendo el Quijote, pero lamentablemente el vídeo fue retirado. Así que valga este de la Agencia EFE sobre la lectura del Quijote en Roma para ilustrar lo que quiero contar.

No nos sorprendemos de que la obra de Cervantes sea leída en Europa o América, incluso en Oriente Próximo y el Magreb. Pero… ¿hasta dónde ha llegado Don Quijote en su enclenque Rocinante? Pues hasta la China llegó el caballero de la triste figura.

Hace cuatro años trabajaba yo en la biblioteca del Instituto Cervantes de Pekín cuando una tarde, poco antes de cerrar, llegó un hombre mayor para enseñarme un libro. Se trataba de una de las primeras ediciones del Quijote que se imprimieron en China durante la época de Mao y la verdad es que resultaba realmente curioso ver a nuestro disparatado caballero entre caracteres chinos.

Hay que señalar que el Quijote no llegó a China hasta 1922, traducido del inglés bajo el título Moxiazhuan (Biografía del caballero loco), aunque solo se publicó la primera parte ya que hasta los años 40 los estudiosos chinos no conocía la existencia de una segunda parte.

Tras la fundación de la nueva China por Mao en 1949, el gobierno dio mucha importancia al desarrollo cultural y en 1955 el gobierno chino celebró el 350 aniversario de la publicación del Quijote, motivo por el cuál se publicó una traducción completa.

Don Quijote y China

Sin embargo no fue hasta 1995 cuando el hispanista Dong Yansheng lo tradujo por primera vez de forma íntegra y directamente del castellano al chino mandarín.

Curiosidades de una traducción difícil

Uno de los principales problemas de las traducciones es precisamente la diferencias culturales entre los países. Así tenemos que La montaña del alma, uno de los últimos hitos de la literatura china, es una lectura apasionante en su lengua materna pero que traducida al castellano se vuelve tediosa y lenta. O eso me han asegurado.

Traducir es una labor difícil y hacerlo con el Quijote no fue tarea fácil. Sin embargo, tal y como afirma su traductor Dong Yansheng:

El problema se soluciona echando mano de vocablos con referencia aproximada. Por ejemplo, sayo y calza, prendas de vestir que ni siquiera existen en la España moderna, pero siempre es posible encontrar nombres que sirvan para aludir a una prenda sin botones que cubra el tronco del cuerpo en el primer caso y a dos tubos de tela enlazados de alguna manera que envuelvan ajustadamente a las piernas en el segundo. O inventando nuevas palabras, cosa que fácilmente se realiza en chino que es una lengua flexible con vocablos de pocas sílabas.

Aunque reconoce que lo más difícil en el caso de Cervantes es conseguir transmitir en la versión china el peculiar ritmo de la prosa cervantina, de ligeros aires barrocos y repleta de sinónimos.

¿Casualidad o premonición? Curioso por lo menos

Si abrís El Quijote por la segunda parte y comenzáis a leer la Dedicatoria al Conde Lemos, no tardaréis en ver en el primer párrafo lo siguiente:

Y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome o por mejor decir suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana y quería que el libro que se leyese fuese de don Quijote. Juntamente con esto me decía que fuese yo a ser el rector de tal colegio.

El sentido del humor de Miguel de Cervantes es evidente desde las dedicatorias en ambas partes, pero en este caso no deja de ser curioso ver que cinco siglos después de esta broma, el Quijote sea una de las 30 lecturas obligatorias para los alumnos de secundaria chinos y que, efectivamente, existe un centro de enseñanza de español que lleva por nombre Instituto Cervantes que cuenta con una sede en Pekín.

Y es que aunque tarde, la gran civilización china cayó rendida ante el idealismo, el sentido del humor y el puro sentido de la justicia y bondad de la que hacía gala nuestro más ilustre caballero.

Ilustración de Manel Ollé, sinólogo de la Universidad Pompeu Fabra.


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