El cofre de los libros

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Salgo de la recientemente conquistada sección de préstamo para adultos. Me lanzo escaleras abajo, pero el rechinar de la suela de goma de mis zapatos contra los escalones de manera me obliga a aminorar velocidad. Deslizo la mano derecha por el pasamanos, mientras con la izquierda sujeto un poco mejor el libro que acabo de tomar en préstamo. Resulta curioso que me sienta más ligero ahora que cuando entré con las manos vacías.

Traspongo la alta puerta del antiguo ayuntamiento reconvertido en biblioteca municipal. Tras salir me detengo y miro otra vez ese número de teléfono garabateado con rotulador permanente negro junto a un nombre, en el exterior de la hoja de la puerta que siempre está cerrada. ¿Debería llamar? No, sé que no lo haré; es demasiado tarde, o tal vez demasiado pronto.

Empieza a llover, así que decido darme prisa. Escondo el precioso tesoro de tinta y celulosa bajo la camiseta y salgo corriendo para casa. Deprisa, deprisa, antes de que las hojas se empapen.

Al llegar a casa mis padres no están: la tengo toda para mí solo. Extraigo el libro de su refugio y lo ojeo y vuelvo a mirar la portada, en la cual, no lo recuerdo bien, creo que había una ilustración que mostraba las salvajes arenas de Arrakis, o puede que una fotografía de los tejados de Nuestra Señora de París, o tal vez era un dibujo de la Torre de Marfil o de una oscura alcantarilla de Derry, Maine. Da igual, fuera lo que fuese, se trataba de un mundo dentro de unas hojas de papel, una maravillosa promesa de satisfacciones seguras.

Pero eso sucedió entonces, hace tantos años, demasiados. Ahora aporreo las teclas de mi ordenador y lo que tengo delante de mí no es ninguno de aquellos ídolos de papel a los que todavía guardo devoción; entre mi teclado y el monitor descansa La infancia recuperada, de Fernando Savater, que, aunque no hace referencia a ninguno de los libros que acabo de citar, los homenajea a todos.

Algunos de los autores que menciona Savater (Tolkien, Verne, H. G. Wells, Salgari, H. P. Lovecraft) también alumbraron mi años de chaval. Y la mayor parte de ellos lo siguen haciendo. Son esos libros que nos enseñaron el placer que producen las imaginaciones, inverosímiles o no. Y que nos siguen produciendo el mismo efecto cuando nos perdemos gozosamente en sus páginas.

Cada lector tiene los suyos, dependiendo de los años en los que le tocara nacer y de otras circunstancias aleatorias, pero muchos coincidirán con aquellos acerca de los que el filósofo vasco reflexiona de forma sugerente y evocadora.

La infancia recuperada es ante todo un libro sobre el placer de leer, de dejarse llevar por una buena historia narrada con sabiduría sin tener en cuenta consideraciones superfluas. ¿O acaso se necesita más para ser feliz?


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