Derriba los muros

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“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”, así comienza El túnel. A lo largo de las 130 páginas siguientes, el cáustico pintor nos relata la historia de su crimen con la única esperanza de encontrar una persona, aunque sólo sea una, que llegue a entenderle.

Y gracias a la habilidad de Ernesto Sabato aparecen no sólo una sino muchas: cualquiera que lea la novela. Es el sortilegio de la literatura, que, entre otras muchas cosas, nos regala experiencias, puntos de vista y vidas ajenas, preparándonos para comprender mejor a los demás y a nosotros mismos.

Una metáfora aparece de forma recurrente en el texto: las vidas de los personajes como túneles paralelos que nunca se cruzan y en los que sólo durante breves momentos, cuando los muros se vuelven cristal, se pueden entrever los unos a los otros. Es una imagen muy potente para referirse a la incomunicación que los asfixia y envenena.

Juan Pablo Castel camina atrapado en ese túnel del que no puede salir, ni siquiera en su relación amorosa con María Iribarne. Y lo intenta desesperadamente, intenta acercarse a ella con especulaciones, razonamientos metódicos y lógica tenaz, pero todo resulta un futil esfuerzo de la inteligencia que sólo le conduce a la fantasía y la obsesión paranoica.

Al igual que Juan Pablo Castel, la propia María Iribarne habita también en su túnel solitario. Y no sólo ellos, el existencialista mensaje que nos trae Ernesto Sabato en esta novela consiste en que todos los seres humanos vivimos, en mayor o menor medida, aislados en el nuestro propio. Tal vez sea un mensaje muy pesimista, sin embargo sólo si nos damos cuenta de que vivimos en un túnel de incomunicación podremos algún día derribar sus muros. Ese conocimiento es el regalo que nos ofrece el libro.


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