Curiosidades sobre maestros y discípulos

Muchos escritores han reconocido públicamente a otros escritores como sus maestros a lo largo del tiempo.

Para los escritores esta relación maestro-discípulo (además de algún consejo pertinente) es la única forma de aprender a escribir. Imitar y buscar una voz propia en la soledad, ese el único camino…

Esta relación maestro-discípulo en la literatura posee algunas particularidades que la distinguen de otras relaciones del mismo tipo en otros ámbitos: En la literatura, el maestro y el discípulo pueden no conocerse nunca, no hablar el mismo idioma y estar separados por océanos y siglos. El maestro desconoce la existencia (aunque la intuyen, y a veces la presupone) de sus discípulos, en cambio, los discípulos muestran el mismo cariño y respeto que cualquier aprendiz por su maestro.

Los discípulos no cuentan con más lecciones que las obras escritas por los maestro. Y sus obras son la única fuente donde abrevar el conocimiento, la técnica y algunas veces la inspiración.

La relación que los une es tan fuerte (aunque parezca tan débil (y sea silenciosa)) que el discípulo ve en el maestro un estilo de vida, una forma de vida (un por qué de la vida) y un posible proyecto de vida (que muchas veces es caótico, sacrificado y/o peligroso).

Algunas de las relaciones maestro-discípulo de las que puedo dar fe:
Quiroga se reconocía en Allan Poe.
Rubén Darío reconocía a Verlaine como su “padre y maestro mágico” (así lo declaró en su Responso a Verlaine).
Onetti se reconocía en Faulkner, quien a su vez se reconocía en Joyce, y éste en Shakespeare.
Borges poseía una curiosa, sorprendente y (aparentemente) arbitraria predilección por autores como Stevenson, De Quincey, y Chesterton, Schopenhauer, a la vez que se declaraba admirador de Leopoldo Lugones y citaba reiteradamente a Macedonio Fernández.

Y los puentes se pueden seguir tendiendo…


Un comentario

  1. Para Borges: “Leer la Isla del Tesoro es una de las formas de la felicidad”.

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