Cuando Felipe II dijo que había demasiados libros

Libros antiguos

El mundo de la literatura y del libro anda revolucionado, pero… ¿es una impresión de ahora o es una sensación persistente desde que Carlos III introdujera algunos cambios que desembocarían en la libertad de imprenta del siglo XIX?

Hoy, echando un vistazo general a las noticias sobre el mundo literario y editorial, me asalta esta reflexión ante la sensación de desconcierto que parece envolver al mundo del libro.

Estudiando un manual de catalogación y tratamiento de libros antiguos durante mis años universitarios, me tropecé con una frase atribuida a Felipe II que me impactó: “Ya hay demasiados libros impresos“, pensamiento que justificaba los excesivos permisos que un autor debía pedir para poder publicar su obra.

Hasta que llegó Carlos III, el rey ilustrado, y suprimió todos esos permisos y censuras, dando pie a la publicación de cientos de obras que décadas atrás hubieran sido imposibles de publicar, dejando así  en nuestro patrimonio bibliográfico la huella de la revolución científica europea que comenzó con la publicación de El Método de Descartes, por ejemplo.

Hoy asistimos a una crisis editorial en el que la autopublicación empieza a ganar terreno, se han diversificado los formatos de lectura, las librerías se reinventan ofreciendo nuevos modelos de negocios, la cantidad de escritores con obra publicada es inmensa y la red es un hervidero de revistas y portales que nacen y mueren en cuestión de meses.

Este panorama no es muy distinto del que pude apreciar a través de las publicaciones del siglo XIX pertenecientes a una casa nobiliaria que catalogué hace unos años. Publicaciones periódicas, revistas, obras pseudocientíficas, panfletos… el amigo que tenía la imprenta en el siglo XIX, es el actual amigo informático que nos diseña una web super chula.

Nombres de autores tan relevantes en la época como Vicente Blasco Ibáñez, que fue un best-seller, ahora es un párrafo en los manuales de literatura española de secundaria y ninguna de sus obras suele ser lectura obligada.

En muchas páginas se reflexiona sobre el futuro del libro y la literatura, hacia donde va, como si un libro tuviera obligación de eternidad.

Uno de los mundos de Popper es el mundo representado, es decir, nuestros documentos, ya sean libros, fotografías, documentos sueltos…

Mi sensación es que se empieza a temer a la posteridad, al no saber qué será de todo esto pasadas unas décadas. Yo creo, como documentalista, que este caos editorial, literario y librero, es lo que quedará representado de nuestro mundo, es decir, de nuestro tiempo. Afirmación que no encierra nada malo, tan solo una verdad incuestionable.

Y por supuesto, jamás apoyaría la frase de Felipe II. Se escriben los libros y se publican las obras que cada sociedad de cada momento necesita.

Ni más ni menos.

¿Vosotros que pensáis?


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