Bajo el alegre Roger

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Ladrones, asesinos, saqueadores, torturadores. Perseguían oro como perros sanguinarios y nada les detenía. Asaltaban navíos pero también arrasaban ciudades hasta las cenizas e infligían a sus habitantes imaginativas torturas por cualquier fruslería. Nadie escapaba a su salvaje rapiña.

Cuando la panza de los barcos ya estaba ahíta de doblones tocaba regresar a Jamaica o Tortuga. Y allí los burdeles hacían su agosto: en cuestión de semanas, o días, el más suntuoso botín se evaporaba en alcohol y mujeres de vida alegre. Al terminar la fiesta volvía a surgir el ansia por más oro, aparecían los conciliábulos en los que se discutían planes descabellados de futuras hazañas sangrientas. Y todo volvía a empezar.

Para los piratas la noria de la fortuna giraba vertiginosamente y en la entrada se podía leer: “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. Los que lograban bajarse a tiempo eran minoría, pero alguno hubo. Se contaban historias de capitanes que  tras dar un golpe maestro ponían rumbo a Europa y pasaban el resto de sus días como aristócratas adinerados. 

Y a su vez también hubo aristócratas que lo dejaron todo para ir al Caribe y enrolarse con un grupo de pordioseros alcohólicos incapaces de atarse las botas. La piratería era una manera de escapar a una futura vida de convenciones y sopor, la piratería era, y siempre será, el símbolo máximo de libertad y aventura. Aunque al final se cobre su precio.

Alexandre Olivier Exquemelin probablemente no fuera ni un aristócrata ni un pordiosero, pero los cantos de sirena de la Compañía Francesa de las Indias Occidentales lo condujeron al epicentro de la piratería caribeña: Tortuga, donde serviría a dos amos, el último cirujano. Una vez liberado aprovecharía los conocimientos adquiridos para unirse a la Hermandad de la Costa.

Como cirujano serviría en los barcos de dos de los piratas más temibles: el salvaje Olonés, capaz de comerse el corazón de un hombre vivo para aleccionar a sus prisioneros, y el astuto Morgan, autor del golpe considerado por los historiadores como el más audaz de toda la historia de la piratería: la toma y saqueo de la ciudad de Panamá.

Exquemelin fue de los que lograron regresar, y a su vuelta nos dejó Piratas de América, una crónica amena, interesante y vívida de las hazañas de los piratas de finales del siglo XVII. Aunque durante la mayor parte de la narración el ladino cirujano se refugia en la tercera persona, él participó en casi todas las empresas narradas. El libro es un testimonio de primera mano en que nos cuenta, junto a las acciones espectaculares, detalles acerca de la organización de los piratas, el rescate de las ciudades, el reparto del botín y notas antropológicas sobre los pueblos indígenas que tuvo ocasión de ver.

Piratas de la América es una lectura apropiada para este verano. Aquellos que se enrolen en tal viaje recibirán lecciones de audacia de los auténticos piratas del Caribe.

-Ediciones: la historia de la obra ya es bastante azarosa en sí misma, así que me centraré en algunas versiones modernas disponibles en español. La que yo he leído es la edición de Carlos Barral publicada en Argos Vergara en 1984 bajo el título de El médico de los piratas, la misma edición está publicada por Valdemar en 1999, pero titulada Bucaneros de América. Existe otra de 2002, de Manuel Noguera Bermejillo, en Dastin Ediciones, con el título de Piratas de América, la cual sospecho que es la misma publicada por Historia 16 en 1988. 


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