Antonio Soler habla de los espacios reales en su obra y del momento en que supo que iba a ser escritor

Antonio Soler

El escritor Antonio Soler ha hablado de diversos pasajes de su vida con motivo de un encuentro con los compañeros del diario El Mundo. Rescatamos algunas de las confesiones del autor que resultarán interesantes para todos los que lo sigan.

Soler ha hecho una interesante reflexión acerca del peso de los espacios reales en los que se mueve dentro de su obra… aunque ha admitido su placer por mezclarlos y deformarlos: «Las propias novelas van marcando el terreno geográfico. Como no es algo que me preocupe mucho tener una verosimilitud de memorialista, ni mucho menos de costumbrista, me tomo la libertad muchas veces de mezclar escenarios. Recuerdo que alguien leyó El camino de los ingleses, que hablaba de la avenida de San Sebastián, que está aquí al lado, y me decía ‘los chicos van andando por la calle mucho tiempo, y esa calle tiene muy pocos metros’, y yo le contesté ‘pues bueno, a mi eso me da igual, en mi novela la avenida de San Sebastián tiene dos kilómetros’. Y para la casa de uno de los protagonistas, yo reproduje la casa de un amigo, la de Antonio Meliveo, que estaba ubicada en calle Soliva, porque lo interesante es que El camino de los ingleses lo puedan leer con la misma tranquilidad, como por suerte ocurrió, un lector de San Sebastián, que uno de La Coruña u otro de París».

También ha recordado sus inicios como escritor, algo que merece la pena reproducir de manera íntegra ya que es un momento verdaderamente importante y ciertamente bien contado:

«Empecé escribir en la casa de mi madre en Martínez Maldonado. Bueno, el primer relato lo escribí en la Cruz Roja, en el hospital, porque estaba allí por un accidente de tráfico. Es una historieta que, además, ha provocado que haya algún crítico de por aquí que está empeñado en que yo me acerqué a la literatura por medio de la enfermedad. Para empezar, no estaba enfermo. Había tenido un accidente con una moto, y de hecho ese cuento lo hubiese escrito más cómodo en mi casa. Estando en un hospital no nace una vocación literaria ni empiezas a leer sin haberlo hecho antes. Escribí un relato que luego pulí en casa de mi madre, y la primera novela también, después de haberme ido a Madrid y haber vuelto. La noche, la novela de un circo de vagabundos, la escribí allí, en la casa de Martínez Maldonado. Ahí fue donde me di cuenta que era escritor. En ese trabajo de tantos días, en medio de una sensación de ansiedad, por otro lado. Porque tenía ventimuchos años, mis amigos se estaban estableciendo, empezando a trabajar, haciéndose hombres de provecho, y yo estaba encerrado haciendo no se sabe muy bien qué. Que más o menos es lo que hago ahora, pero la gente ya te respeta porque te han respetado otros. En esa época me respetaba mi entorno familiar más cercano, sobre todo mi madre, que tenía mucho mérito, porque no sabía qué hacía yo metido a las siete de la mañana en una habitación escribiendo. El resto de la gente intentaba llamarme al orden, y decirme deja esto, o déjalo para los fines de semana y el resto del tiempo trabaja».

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Fuente – El Mundo


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