Aloja, la bebida de los teatros del Siglo de Oro

Ni tinto de verano, ni cañas en las terrazas. La bebida estrella de la época estival, durante el Siglo de Oro, era la aloja: un refresco del que uno podía disfrutar a la vez que contemplaba la maestría de Lope con su Arte nuevo.

Era el alojero quien se encargaba de distribuirla. También disponía de fruta, agua y otras mercancías en la alojería, situada originalmente en la planta baja los corral de comedias en los que se representaban las obras teatrales. Sin duda el vendedor contribuía a lo animado del ambiente: «[hombres y mujeres] a través del “alojero” (…) se enviaban unos a otros algo más que la aloja con nieve que con tanta fruición se consumía en las calurosas tardes de verano», según se cuenta en el libro La puesta en escena en los teatros comerciales del Siglo de Oro.

Foto de una bebida con hielo

Foto de Muffet / liz west.

¿En qué consistía esta bebida? Agua, miel y canela parecen los elementos básicos, aunque como cada maestrillo tiene su librillo hay quien le añade otras especias. Y a veces hasta vino, a pesar de que tal cosa no estaba permitida en los corrales de comedias. En el blog gastronómico del periódico El Norte de Castilla aportan la siguiente receta: «Para una cántara (16 litros) se toman 15 litros de agua, media libra de levadura, 4 libras de buena miel y media libra de especias repartidas en una parte de jengibre, una parte de pimienta, dos partes de canela, una de clavo y otra de nuez».

Parece sin embargo que se trata de una de tantas recetas de esta bebida, también llamada de formas diversas. El catedrático y médico Gerónimo Pardo, en Tratado del vino aguado y agua envinada de 1661, aclara que «hubo varios nombres entre los antiguos, para significar la bebida que hoy llamamos aloja como son, hidromel, melicratum, acua mellis, etc., también hubo varios modos de componerla». Y para enfirarla, lo más común era usar hielo y nieve en las cantimploras, hechas de materiales tales como cobre, estaño o plata. Porque lo realmente indispensable era servirla bien fría. «Se pondrá en la bodega, pozo o parte más fresca que ser pueda», recomendaba Prado.

La vinculación de la aloja con los corrales de comedias, algo así como la que hay entre las palomitas y el cine, queda patente al comprobar que, por extensión, se acabó llamando a algunos aposentos con el nombre de «alojeros» (sucedió en el Corral del Príncipe). También como en el caso de las palomitas y el cine, seguro que ni la aloja ni sus vendedores fonentaban el silencio precisamente, costumbre que no tenía el publico situado en el patio de los corrales y que les diferenciaba de los espectadores del palco.

Referencias


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